La Despedida de Diego (Parte 2:

El Eco del Andén)El silbato del tren resonó en la estación central, un sonido agudo y frío que pareció cortar el último hilo de aire que les quedaba a los dos. El cartel digital parpadeaba con una crueldad mecánica: *Destino: Madrid – Salida inmediata*.

Diego miró su maleta de mano y luego levantó la vista hacia Elena. La parte 1 de esta marcha había estado llena de palabras apresuradas, de promesas hechas con la voz rota en la mesa de un café barato cerca de la estación.

Pero ahora, frente a las puertas de metal del vagón número 4, las palabras se habían agotado. Solo quedaba el peso de la realidad. Se iba. Cruzaría el océano, cambiaría de hemisferio, y el huso horario se encargaría de construir un muro invisible entre sus vidas.>

«No mires atrás cuando subas», había dicho Elena esa misma mañana, intentando parecer fuerte. Pero ahora, con los ojos empañados y la nariz enrojecida por el frío de la madrugada, esa fortaleza se desmoronaba.>

Diego dio un paso al frente y la envolvió en un abrazo. No fue un abrazo de despedida común; fue uno de esos donde intentas fusionar tu cuerpo con el del otro para dejar una marca permanente, un blindaje contra el olvido. Él hundió el rostro en el cuello de Elena, respirando por última vez el aroma a lavanda y café que siempre la acompañaba. Sintió cómo los hombros de ella temblaban.—

Te voy a extrañar tanto que ya me duele el pecho, Elen —susurró Diego, con la voz atrapada en un nudo marinero que amenazaba con asfixiarlo.—No hables en futuro, Diego. Ya nos está doliendo —respondió ella, forzando una sonrisa que naufragó a mitad de camino.

Se separaron apenas unos centímetros, lo suficiente para mirarse a los ojos. Diego vio en las pupilas de Elena el reflejo de los últimos cinco años: las tardes de lluvia compartiendo un solo paraguas, las mudanzas caóticas, las risas de madrugada y los silencios cómplices.

Dejar todo eso atrás por una oportunidad laboral al otro lado del mundo se sentía, en ese preciso instante, como el peor error de su vida. ¿Valía la pena el éxito profesional si el precio era vaciar el alma?El altavoz de la estación volvió a tronar, esta vez con una voz automatizada que anunciaba el cierre de puertas. Los pasajeros a su alrededor se apresuraban, arrastrando ruedas contra el suelo de cemento en un vals caótico.—

Tienes que subir —dijo Elena, dando un paso hacia atrás, rompiendo el contacto físico. Ese pequeño espacio de aire entre los dos se sintió de pronto como un abismo de miles de kilómetros.Diego asintió, sintiendo las piernas de plomo. Agarró el asa de su maleta.

Hizo el amago de dar la vuelta, pero se detuvo. Metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó un pequeño objeto envuelto en papel de seda. Se lo tendió.—No lo abras hasta que el tren arranque —le pidió.Elena tomó el paquete con manos temblorosas y lo apretó contra su pecho.

Diego subió los tres escalones del vagón. Al llegar a la plataforma, se giró. A través del cristal de la puerta del tren, la figura de Elena empezó a verse borrosa, no solo por el vidrio empañado, sino por las lágrimas que Diego ya no pudo contener.

El tren dio un leve tirón, un quejido de metal que anunció el inicio del movimiento.Ella caminó al ritmo del vagón, unos pocos pasos, con la mano apoyada en la ventanilla exterior, intentando seguirle el paso a la máquina. Pero el tren no tiene corazón; aceleró su marcha con una parsimonia implacable.

Elena se detuvo al final del andén. Vio cómo el último vagón desaparecía en la curva del túnel, dejando tras de sí un vacío ensordecedor y un viento frío que le agitó el cabello.

La estación, de repente, se quedó en un silencio sepulcral, a pesar de las cientos de personas que caminaban a su alrededor.

Diego se había ido.Sentada en una de las bancas de madera del andén, con el frío calándole los huesos, Elena recordó el paquete. Con dedos torpes, retiró el papel de seda. Dentro había un viejo reloj de pulsera analógico, el que Diego siempre usaba, pero las manecillas estaban detenidas. Junto al reloj, una pequeña nota con la caligrafía desordenada de él decía:*“En Madrid el tiempo correrá diferente, pero mi reloj se queda congelado en la hora exacta en la que te di el último beso.

No importa la distancia, mi tiempo siempre te va a pertenecer a ti. Espérame, que yo buscaré la forma de volver”.*Elena abrazó la nota contra su pecho y miró las vías vacías.

El dolor seguía ahí, agudo y punzante, pero bajo el frío del invierno, una pequeña chispa de esperanza se encendió. No era el final. Era solo una pausa larga, una dolorosa distancia que, tarde o temprano, el tiempo se encargaría de borrar.